Cartas 1, 2, 3, 4, 5


 "Enséñanos a contar de tal modo nuestros días,
que traigamos al corazón sabiduría."
Salmo  90:12

Mi muy estimada aunque a veces no deseada amiga,

Sí, soy yo, como siempre disfrutándola a destiempo y con mi eterna sonrisa a flor de labios. Tratando de apagar con mi humorismo el rictus amargo del desaliento e infortunio, que cargarla a cuestas a veces me provoca. Si con una canción, una poesía en verso o en prosa, o si hasta con una broma de buen gusto logro hacer descansar a un peregrino, eso implica que no he perdido el tiempo al ayudar a alguien en el camino.

Si para ser un buen samaritano, solo basta una buena intención, no un desatino. Extender la mano al desvalido, invertir en la sonrisa de un niño, colaborar con una lágrima furtiva en aquel que de llorar vive la vida porque el dolor ha tocado a su puerta, cuando esperaba el calor de una mano amiga.

Ya lo dijo mi amigo el Carpintero, ríe con los que ríen, llora con los que lloran. Eso es aprender a sentir empatía por el sufriente o gozarse con los que triunfan en ti, Vida. Dejar a un lado la mezquindad del alma o pensar que no somos guarda del hermano. He aquí la encrucijada para el hombre; virar su rostro con criminal indiferencia a los que sufren o de compasión llena extender la mano. Porque aunque separados quizás por la sangre humana, en el Cristo todos somos hermanos.

Atrás dejo en la vera del camino un año más que envejeció demasiado pronto. En él sufrí, lloré y deshoje flores color de sangre en mil veredas andadas de prisa, a veces sin un rumbo fijo y otras veces con una clara dirección que me fijó no el destino, sino el Arquitecto de ti, Vida. Y te viví profundamente y probé el néctar amargo que me diste a beber, como si el genio de las cosas se ensañase conmigo. Pero crecí aun en medio de mi desierto y descubrí que no siempre las cosas salen como quisiéramos, pero es de sabio recibir lo que el cielo nos depare, aunque a veces no entendamos de esas cosas el sentido.

Pero no todo fue lágrimas y penas, dolores y presiones que como densos nubarrones oscurecieron mis días y me robaron el sol que estaba destinado a iluminarte Vida. También hubieron risas y canciones, buenos humores de hombre libre que gritó de alegría. Que en el balance furtivo de los meses, aun salí ganando por ti, Vida. Aunque confieso que no todo fue color de rosa, o que de rosas no sufrí la hiriente espina, también recibí bálsamo divino envuelto en lo divino de ti, Vida. Quizás alguno se negó a sanarme, a cargarme cuando maltrecho y herido no podía dar ni un paso mas, pero también sentí más de una mano amiga. Aquel que prometió estar conmigo en todo tiempo, Él usó a tantos para bendecirme, que no me quejo por nada. Que en la balanza que sostiene la derrota y la victoria de los hombres, descubro al fin que mi alma ha sido bendecida.

Mi estimada Señora, ahora que es tiempo de las resoluciones, he resuelto vivirte con la fe ciega de un niño. No te prometo nada que no pueda cumplir, pero a mi Amigo fiel si le prometo, que con Su ayuda quiero vivirte bien; y de cariño, vestir el alma del que pueda, de ilusiones, de fe, de amor y de colores tiño, la negrura del que se siente solo, abandonado y rota en mil pedazos su capacidad de soñar.

Yo también caminé ese camino y en las Alas de Su Espíritu aprendí a volar y voy a enseñar a otros que mas allá de los profundos valles y las oscuras grietas de la vida, quedan cumbres altas que alcanzar, montes por conquistar, banderas que plantar. Porque de sueños deben de estar llenas nuestras vidas, si es que a Dios en la ruta que llevamos, el alma nuestra quiere al fin encontrar. No solo son nuestros sueños, Vida. También Él soñó con nosotros y siempre ha querido bendecirnos, Vida. ¡Si solo le permitiéramos que nos llevara de Su mano y en el cruzar de nuestro Jordán entráramos sin temor y con su fe a Su tierra prometida!

Mientras tanto el tic-tac del reloj, en breve marcara las doce campanas que anuncian que un año se termina. Que muere como los otras mueren cada doce meses y al otro nuevo damos la bienvenida. Que aprenda al fin a contar cada uno de mis días, de tal manera que añada a mi corazón sabiduría. Que para mí fue hecho el tiempo, aunque el Eterno ve de un extremo al otro tu salida. Que te viva mejor, con menos quejas y que de alabanza te perfume, Querida. Y que no olvide que tan solo soy un peregrino. Que cuando tú me abandones, Vida, hay otra más joven que tu y eterna que ya me espera, al cruzar el río estigio que no logrará llevarme hacia el averno, porque soy hijo del que se llamó a sí mismo, Vida.

Siempre tuyo, estimada compañera,

Un sabio filósofo sanlorenceño
(seudónimo usado por el Dr. A. Vallejo)


Autor: Dr. A. Vallejo
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