Se busca una mujer, no una mujer cualquiera.
Una que sea virtuosa, que en actitud serena asuma su misión.
Que no se descontrole en los días de prueba.
Que su hogar lo gobierne con amor y prudencia.
Que sus hijos corrija, que a sus cosas atienda.
Que a su esposo lo apoye, idónea compañera.
Que no sea licenciosa como mujer banal.
O chismosa y celosa, descuidada o carnal.
Que vele por su aseo, si es que quiere triunfar,
Con amor y oración – ¡Mujer espiritual!

 Se busca una mujer, no una mujer cualquiera.
Una que sea valiente en el diario vivir o en el día de dolor.
Que nunca se amedrente o se rinda al sentir.
Que la carga es pesada, que tiene que sufrir.
Cual Débora que lucha por la Obra de Dios,
Esta se esfuerza y vence cumpliendo su misión.
Que no se escandalice ante la adversidad.
En Dios es su esperanza, ante Él se postrará.
Mujer como María la madre del Señor,
Obediente y serena, sufrida en la aflicción.

Se busca una mujer, no una mujer cualquiera.
Sus dones y virtudes exhiba como prendas. ¡Olor a santidad!
No afeites y perfumes, orgullo o vanidad.
Que sea ella misma, belleza natural.
Que a todos les prodigue un testimonio fiel.
Santifica su casa, todos lo pueden ver.
Que no atienda los chismes de la fatua y sensual.
Que no se enrede en nada que la pueda afectar.
Su tiempo lo dedique con gracia y devoción,
A llevar a las almas a los pies del Señor.

 Se busca una mujer, no una mujer cualquiera.
Una que haya llorado, que conozca la pena de una vida sin Dios.
No una que se desligue de la cruel realidad,
Que millones se pierden, que el pecado es real.
Como aquella mujer cuando fue libertada
A Samaria llevó la Palabra Sagrada.
-¡He conocido un Hombre que me ha dicho mi mal!
Tomando el agua viva quiso testificar.
¡Cuántas hoy enmudecen, no hablan del Salvador
Que les colma de bienes, de paz y bendición!

 Se busca una mujer, no una mujer cualquiera.
Una mujer de temple forjada con estrellas, que su luz ilumine.
Que en su andar por el mundo represente al amor.
Que a otras más inconstantes sirva de inspiración.
Que donde halla tristeza ella lleve alegría.
Que trabaje con gozo por las que anden perdidas.
Fiel sierva del Señor y sabia compañera.
Que a todos les prodigue de Cristo vida eterna.
Se busca una mujer, no una mujer cualquiera.
¡Una que sea madre, esposa y misionera!

 
Dedico este poema que escribí durante mi pastorado en Michigan, ya hace más de una década, a mi esposa, la pastora Luz Vallejo. Extiendo la dedicación a todas esas mujeres dedicadas a la obra del Señor, ya sea en la labor pastoral o en cualquier función que lleve gloria y honor a Jesucristo y bendición a su familia y a la familia de la fe.

En Ocoee, Florida, Estados Unidos, hoy Septiembre 3, 2008
 

Dr. A. Vallejo
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