Carta a Benny Begin.

Tuviste tus motivos para callarte, principalmente razones de honor personal - algo poco común en nuestro entorno. Durante un tiempo hasta fueron válidos. Ya no. El otro momento ha llegado - el momento de gritar, de revelar verdades a voces, de alertar, de dejar de ser un caballero discreto, remangarte las mangas, entrar al trapo y unirte a la lucha.

 

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Estimado Benny,

Según la sabiduría intemporal del Eclesiastés, hay “un tiempo para callarse y un tiempo para hablar”.

Tuviste tus motivos para callarte, principalmente razones de honor personal - algo poco común en nuestro entorno. Durante un tiempo hasta fueron válidos. Ya no. El otro momento ha llegado - el momento de gritar, de revelar verdades a voces, de alertar, de dejar de ser un caballero discreto, remangarte las mangas, entrar al trapo y unirte a la lucha.

A lo largo de los años no has ocultado tu aversión hacia Ariel Sharon. Dijiste que no es apropiado para liderar, pero intimidaste más que revelar. Tuviste cuidado de no cruzar fronteras de propiedad que fueron colocadas por ti mismo. No puedes quedarte a distancia y despreciar el follón. Hacerlo es desertar de la lucha de nuestra supervivencia nacional.

En tu favor, viste a través de Sharon cuando pocos en la nación lo hacían. Rehusaste condonar su conducta y mirar a otro lado, incluso cuando su popularidad se disparaba entre amigos que compartían tus ideales. La postura nacionalista de Sharon no te engañó, ni te viste mermado por su celo "constriccionista". No te la coló. Desconfiaste de Sharon cuando parecía ser más revisionista que el más ardiente de los revisionistas.

Sabes lo que le hizo a tu padre, el primer ministro Menachem Begin. Sabes lo engañoso ministro defensa que fue Sharon durante su aventura libanesa. Sabes que Sharon destruyó el ideal de tu padre y contribuyó al triste final de su carrera. Recuerdas el comentario sarcástico de tu padre acerca de lo informado que tuvo al gobierno de cada uno de sus movimientos, "en ocasiones antes del hecho y en ocasiones después”.

RECUERDAS las manifestaciones hostiles en el exterior de la residencia del primer ministro, cuando los piqueteros de izquierdas sostenían pancartas que mostraban a tu padre vestido de uniforme de las SS y con colmillos goteando sangre. Recuerdas su agonía por ver las cifras de los caídos desplegadas fuera de su ventana y escuchando los cánticos provocadores de los manifestantes en mitad de la noche.

Sabes que se tragó lo que pensaba. Sabes quién es responsable de las vigilias interminables sin piedad, y quien extinguió la gran esperanza del mandato de tu padre en el puesto.

Sabes cómo utiliza hoy el nombre de tu padre en vano, igualando la retirada unilateral de Gush Katif con el precio que tu padre pagó por un tratado de paz.

Sabes definir la diferencia para aquellos con poca memoria y con optimismo a ultranza alejado de la realidad.
Perdona el cliché, pero ha llegado el momento de que todos los hombres buenos lleguen en apoyo de su país - incluso los hombres buenos que piensan que hicieron su parte, pero que fueron rechazados por ello. Enfurruñarse ahora es abandonar.

Tienes una historia que contar. No la escribas solamente. Grita. Tienes el impulso moral.

Nadie puede calificarle de ser un censurador sedicioso. Es crucial que los del Likud, que mantienen sentimientos cálidos hacia tu padre, te escuchen. Necesitan saber quién le traicionó y quién ignora cínicamente todos los compromisos con ellos.

No hay modo de que los que votaron al Likud en el 2003 quisieran o comerciaran con un gobierno confiado en la aprobación parlamentaria de los miembros árabes antisionistas de la Knesset y el apoyo de extrema izquierda de Meretz. No preveían un primer ministro que incrementaría las meras nociones de retirada unilateral a las que había renunciado como recompensa al terror, y cuyo electorado, en la práctica, rechazó abrumadoramente. No se imaginaron a un premier del Likud que sobreseería el veredicto de un referéndum del Likud, que él mismo puso en la boca del partido.

Ninguna lumbrera ministerial del Likud tiene la fortaleza intestinal de arriesgarse a hablar. Alguien tiene que galvanizar a los votantes del Likud que no depositaron sus papeletas para suscribir los caprichos de Sharon, para permitir que su hijo amenace a los opositores con tenerlo en cuenta, ni para impulsar las carreras de Roni Bar-On, Avraham Herschson, y de otros dudosos reclamantes del legado revisionista.

Sharon, por supuesto, es el principal entre los indignos de reclamar el lema de tu padre y de Jabotinsky. No sólo eran hombres de principios dedicados, cuya ideología no cambió radical, errática, peligrosa e inexplicablemente, sino que sus vidas personales estuvieron marcadas por la humildad y el propio examen. La fortuna mundial de Jabotinsky cuando falleció era de $6.

Tú no me recordarás como una niña pequeña cuando vivía por el camino cerca de tu familia (en Rehov Yosef Eliahu de Tel Aviv). Recuerdo cómo tú y tus hermanas pequeñas crecísteis en un minúsculo apartamento de dos habitaciones al que uno tenía que bajar varios escalones para entrar. Tu padre rechazó vigorosamente todas las ofertas de ayuda para proporcionarle una estancia más apropiada.

Al contrario que el Sharon del rancho Sycamore, siempre un paso por encima de la ley, sospechoso de tener vínculos con magnates internacionales que habrían inyectado millones en sus cuentas y en la de su hijo.

Ya no permanezcas en silencio más. El silencio no siempre es oro. En ocasiones es un chapado cobarde. Recuerda el lema de Jabotinsky en su Betar Anthem: “El silencio es inmundicia”.

Sinceramente,

Sarah